Dedicado a César Hildebrandt, el mejor periodista y el más digno, por su ejemplo cotidiano

La Política en el Perú, extraño presentimiento del espejo roto

Hubo un tiempo en el que se podían cambiar las cosas, amparándose en los hombres más lúcidos de la Región Latinoamérica. Un tiempo llamado historia, hechos de innumerables tomos de certeza y convicciones. Hubo razones, un día, para creer que el Perú avanzaría gracias a aquellos que por mérito humano ejercitaban el intelecto de la forma más decente.
Vaya que la utopía se desbarrancó en un mañana de profundos cambios o simples evoluciones. Y toda clase de anfibios y domadores coparon las praderas de la dirigencia social. En una mañana de largos siglos y revueltas décadas se hizo el cambio con un pase de mago tísico. El cuento de hadas que nunca alzó vuelo cayó abatido con sus alas rotas de burocracia. Babel se hizo carne. Y los hombres, que antes debatían con el debido respeto a la inteligencia y a la sintaxis fueron reemplazados por los que luego ladraron o, en el mejor de los casos, debatieron en sus sillones con esos precarios juegos de laptop, esperando la llamada de su conciencia partidaria a través del celular, y hostigando a los periodistas dignos que les pisasen los grosero cayos.
La primavera la edificaron los buenos hombres que creyeron que la política era una posibilidad de cambiar y cambiarse así mismo. De estirar el brazo bueno y devolver la red. De los que te miraban a los ojos porque no tenían otra forma de mirar. De los que te ayudaban sin convocar antes a una conferencia de prensa. De los que recordaban tu nombre sin recurrir a la agenda. Esa fue nuestra Inmensa primavera que para otros países hubiese sido un otoño a medias. Y es que en nuestro país nunca hubo un pico conquistado. Tan sólo aproximaciones caseras. La raza de políticos intelectuales empezó a ser cazada, marginada, agobiada por la tele, deshilachada por la mediocridad, cansada en sus ojeras por el peso de la indiferencia globalizada. De pronto dejo de surtir agua el caño, y se atoraron los sumideros. La calidad empezó a oler a polvo y la inteligencia, a prehistoria. Fue la perfecta excusa para llenar las tribunas de sedientos espectadores del resentimiento.
Una especie nueva de políticos, o una que estaba escondida como mamíferos después del cretácico, emergió poco a poco. Esto ya no era un mérito, sino un puesto. Una vacante para elites huachafas y clubes que se reservaban el derecho de admisión. De repente la voluntad popular creyó ver a sus mismos, quizá por razones étnicas o cercanías de abajo hacia arriba, pero no los vio por su infinita lejanía popular. Y cuando los eligió para arreglar “todos” sus problemas, no recibió respuesta que no fuera una escrita y por mensajero ajeno, que generalmente decía: nada.
Los elegidos ya no necesitaron justificar su propia existencia, mucho menos sus proyectos, o sus omisiones que fueron las más. Eso era para los feligreses de la honestidad. Los nuevos edificaron su religión de exculpaciones, y cada vez fue más grotesca su fe en el poder sin ajuste de cuentas. La política se volvió hereditaria, casi como un rey bueno que heredaba su país a su hijo corrupto. En las aldeas los hacendados, analfabetos de humanidad, eran los únicos capaces de comprar votos, en las ciudades, los profesionales que escondían algunos esqueletos en el armario, de ganarlos; y en la capital, los señores que nunca se ensuciaron los zapatos, de poseerlos. Pero, entre todos ellos, y de vez en cuando, se alza una voz, cuya garganta y pulmones son aún honorables.

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1 comentarios:

Editor dijo...

En rigor, Hildebrandt no ha hecho gran cosa, pero su conducta reluce porque tiene al frente a una prensa cortesana. Saludos.