"¿Vallejo conoció al supuesto Priorato de Sion?"


Por: Alan Luna

Es una teoría descabellada, y ficcional, pero sugerente cuando se recurre a la historia y a las anécdotas. César Vallejo nace en 1892 y muere en 1938. Buena parte de su vida transcurre en el París intelectual de los años 30. Jean Cocteau, a quien diversos “especialistas” consideran como uno de los más notables Gran Maestres del Priorato de Sión, desde el año 1918, nace 1889, y muere en 1963. Dentro de la vida cultural, estrecha y agitada de aquel París, es difícil creer que al menos no oyeron hablar uno del otro. Jean Cocteau escribe en 1922 su libro “Le Secret Profesionnal”; Vallejo escribe en 1929 “Contra el secreto profesional, según algunos una refutación a la obra de Cocteau, quien por entonces ya ejercía, según la leyenda urbana como Gran Maestre del Priorato de Sion. Las preguntas más inmediatas y sugerentes serían: ¿recibió Vallejo alguna invitación para formar parte de dicho Priorato?, o por el contrario, ¿hubo algún roce con la abierta naturaleza izquierdista del escritor peruano, ya que los socialistas consideraban a estas logias como enajenantes y liberales pérdidas de tiempo de la clase burguesa?”

Quechua: "EL DIALECTO, LA VOZ DE LOS PUEBLOS POR EXCELENCIA"
Prof. Jacinto Luis CERNA CABRERA




El siguiente es un artículo de mi estimado profesor CERNA, profesor de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CAJAMARCA, apasionado defensor del Quechua. El artículo se encuentra alojado en la web: Papeles de José Padrón, el venezolano.

William Blake, poesía en el lienzo, tres muestras asombrosas


El cuerpo de Abel descubierto por Adán y Eva


EL anciano de los días


El torbellino de los amantes














Vallejo, Chabuca Granda y ¿el Pisco cultural?
Por Ybrahim Luna





El Perú es un país pobre culturalmente. En el sentido productivo de la palabra, y quizá en el sentido más enajenante. Pero, de igual modo, de qué nos sirve sacar el cadáver exquisito de César Vallejo al sol, y mostrarlo como un trofeo de la historia. Si acaso nadie lo ha leído. Y sin embargo eres un buen "peruano" si te emborrachas con pisco antes de ir a dar al acantilado con tu auto mareado y a excesiva velocidad. Somo ricos, millonarios musicalmente porque tenemos a Chabuca. Pero quién a escuchado más de diez temas chiclés de ella, quién sabía que la inconmensurable Chabuca había escrito casi 400 canciones. Quién la ha oído cantar en francés o en inglés. De hecho muy pocos, y es que nosotros los peruanos todo arte lo que queremos hacer bailable y que cueste cinco soles. Y encima nos piden que celebremos con pisco. No me gusta el pisco, prefiero una fermentada y refrescante chicha de jora serrana. Gracias por la curiosidad, y perdón por la tristeza.
Escultura en tiza, por Alan Luna. 02 "Emperador"
Materiales: Tiza, aguja y goma

Escultura en tiza, por Alan Luna 1. "Manzana del pensamiento"
Materiales: tiza, aguja, goma

Tributo a Edgar Allan Poe, y a Vincent Price, en un corto antiguo de Tim Burton, que cuenta con la voz del mismísimo Vincet Price, también con subtítulos en español, para poder escuchar la narración original

Un extraño cuento de Hadas:
La Política en el Perú, extraño presentimiento del espejo roto
Por Alan Luna

Hubo un tiempo en el que se podían cambiar las cosas, amparándose en los hombres más lúcidos de la Región Latinoamérica. Un tiempo llamado historia, hechos de innumerables tomos de certeza y convicciones. Hubo razones, un día, para creer que el Perú avanzaría gracias a aquellos que por mérito humano ejercitaban el intelecto de la forma más decente.
Vaya que la utopía se desbarrancó en un mañana de profundos cambios o simples evoluciones. Y toda clase de anfibios y domadores coparon las praderas de la dirigencia social. En una mañana de largos siglos y revueltas décadas se hizo el cambio con un pase de mago tísico. El cuento de hadas que nunca alzó vuelo cayó abatido con sus alas rotas de burocracia. Babel se hizo carne. Y los hombres, que antes debatían con el debido respeto a la inteligencia y a la sintaxis fueron reemplazados por los que luego ladraron o, en el mejor de los casos, debatieron en sus sillones con esos precarios juegos de laptop, esperando la llamada de su conciencia partidaria a través del celular, u hostigando a periodistas dignos.
La primavera la edificaron los buenos hombres que creyeron que la política era una posibilidad de cambiar y cambiarse así mismo. De estirar el brazo bueno y devolver la red. De los que te miraban a los ojos porque no tenían otra forma de mirar. De los que te ayudaban sin convocar antes a una conferencia de prensa. De los que recordaban tu nombre sin recurrir a la agenda. Esa fue nuestra Inmensa primavera que para otros países hubiese sido un otoño a medias. Y es que en nuestro país nunca hubo un pico conquistado. Tan sólo aproximaciones caseras. La raza de políticos intelectuales empezó a ser cazada, marginada, agobiada por la tele, deshilachada por la mediocridad, cansada en sus ojeras por el peso de la indiferencia globalizada. De pronto dejo de surtir agua el caño, y se atoraron los sumideros. La calidad empezó a oler a polvo y la inteligencia, a prehistoria. Fue la perfecta excusa para llenar las tribunas de sedientos espectadores del resentimiento.
Una especie nueva de políticos, o una que estaba escondida como mamíferos después del cretácico, emergió poco a poco. Esto ya no era un mérito, sino un puesto. Una vacante para elites huachafas y clubes que se reservaban el derecho de admisión. De repente la voluntad popular creyó ver a sus mismos, quizá por razones étnicas o cercanías de abajo hacia arriba, pero no los vio por su infinita lejanía popular. Y cuando los eligió para arreglar “todos” sus problemas, no recibió respuesta que no fuera una escrita y por mensajero ajeno, que generalmente decía: nada.
Los elegidos ya no necesitaron justificar su propia existencia, mucho menos sus proyectos, o sus omisiones que fueron las más. Eso era para los feligreses de la honestidad. Los nuevos edificaron su religión de exculpaciones, y cada vez fue más grotesca su fe en el poder sin ajuste de cuentas. La política se volvió hereditaria, casi como un rey bueno que heredaba su país a su hijo corrupto. En las aldeas los hacendados, analfabetos de humanidad, eran los únicos capaces de comprar votos, en las ciudades, los profesionales que escondían algunos esqueletos en el armario, de ganarlos; y en la capital, los señores que nunca se ensuciaron los zapatos, de poseerlos. Pero, entre todos ellos, y de vez en cuando, se alza una voz, cuya garganta y pulmones son aún honorables.