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Cajamarca, movilización por el aniversario de la lucha en Defensa del Cerro Quilish
By A. Ele on 4:39 p.m.
Socialmente "mineros"
By A. Ele on 6:45 p.m.
La gran minería ha generado crecimiento, desarrollo y progreso en nuestro país. Innegable. Sobre todo en las regiones donde se practica directamente, gracias al aporte económico del “Óbolo minero” (así le llamaban), canon minero y/o regalías.
Siendo más puntuales. La gran minería, en las regiones donde se practica, ha generado crecimiento, tanto en infraestructura como en movimiento comercial, barrios nuevos con evolución algo desordenada e informal y aumento significativo del parque automotor, sobre todo camionetas. Mas no así, un verdadero desarrollo o progreso, ya que ello significa otro tipo de avance, más institucional y social. Lo que evidentemente no ha ocurrido. Y por el contrario, en las zonas consideradas mineras, los conflictos sociales se han triplicado. En la mayoría de los casos con comprobados abusos por parte de la empresa minera contra las comunidades y campesinos. Abusos que van desde la estafa, desalojarlos de sus tierras a la fuerza, encarcelarlos como agitadores e incluso el maltrato físico como parte de una política de disuasión.
La percepción general es de un crecimiento incompleto, injusto, chueco. Un crecimiento que beneficia más a unos que a otros; a los que, básicamente, lograron “saltar la valla”: la prerrogativa de los mineros como dueños de las pistas con sus camionetas y la prepotencia de sus jaranas a media semana.
A esta percepción, a este descontento, la respuesta oficial suele ser la misma desde hace más de una década: “la mina no sabe comunicar bien todas sus bondades” o “exíjanle a sus autoridades locales que aprendan a gastar la plata”. Y por supuesto, el debate sobre si las alcaldías, gobiernos regionales y universidades saben o no gastar la plata del canon minero es tan controvertido y antiguo como la denuncia de que el SNIP y el Gobierno Central ponen trabas a propósito para impedir el desarrollo real de las regiones, y sobre todo a la aprobación de proyectos de industria local que generen independencia económica respecto de la mina.
Por lo que, la intención de este breve texto es más bien contar la curiosa historia de Juan X, un ciudadano común y corriente de provincia que logró “saltar la valla” y convertirse en socialmente “minero”. Juan X no es una persona específica ni representa a la mayoría. Juan X es una (mini)generación y una expresión social que evidencia cómo se mueven algunos odios y amores en torno a la gran minería.
Juan X era un universitario valiente que defendía sus ideales frente a sus compañeros, profesores y autoridades de cualquier institución. Se lo veía a menudo en las protestas contra los abusos que cometía la mina. Llevaba pancartas, arengaba y organizaba vigilias. Estaba a lado de los comuneros y amaba la defensa del Medio Ambiente. Juan X era un líder juvenil, de pelo largo y polos del “Che”.
Juan X terminó la universidad y no encontraba trabajo, la plata le faltaba y se iba quedando solo. Se sentía estafado, muchos de sus amigos, hermanos de protesta e indignación, habían aceptado los trabajos que la mina les ofreció a cambio de “moderar” su discurso.
Juan X, cansado de traiciones y carencias, buscó un trabajo en la mina. Al inicio no fue fácil, pero con vara todo se puede. Su nombre ya no estaba vetado para la gran industria.
Juan X es bachiller en ingeniería. Empezó ganando 800 soles y luego 1500. Trabajaba todo el día. Se despertaba de madrugada para viajar durante un par de horas hasta el asentamiento minero. Regresaba fatigado a la ciudad, pero se daba tiempo para salir con los amigos.
Juan X fue ascendido en la mina y su sueldo se incrementó a 3000 soles mensuales. Juan X tuvo un interés distinto en la política del país. De repente, muchas cosas le causaban malestar y no entendía el porqué. Sus gustos empezaron a cambiar. Ahora visitaba solo pubs y restaurantes exclusivos. Descubrió que ese era su mundo, con la gente “de su nivel”.
Juan X tuvo otro ascenso, ahora ganaba 7000 soles mensuales. Los años pasaron, se recibió de ingeniero civil, se casó y tuvo su primer hijo. El tiempo avanza en un abrir y cerrar de ojos y Juan X matriculó a su hijo en un colegio muy exclusivo, donde se habla mayormente inglés. Un colegio para mineros, como le dicen en la ciudad. Ahora que Juan X tiene plata siente que todos lo envidian, que sus vecinos hablan a sus espaldas, que sus familiares solo quieren sacarle plata. Siente vergüenza de sus familiares de poncho y sombrero. Cuando pasa en su camioneta hace como que no los ve.
Juan X ahora gana 17 000 soles. Y cree, realmente convencido, que a esos revoltosos comuneros que bloquean pistas hay que meterles balas sin piedad. Por que por culpa de ellos el Perú no avanza. Juan X tiene información de primera mano sobre derrames de elementos químicos por parte de la mina y de injusticias cometidas por la empresa contra los campesinos a los que desaloja prepotentemente de sus tierras, pero se hace el desentendido. Juan X le dice a sus amigos, entre copas, que él es de derecha, que el cholo es pobre porque es haragán y que todo lo espera de “papá Gobierno”. Entre tragos, también, les confiesa a sus amigos que la mina sí contamina, pero qué importa, si al fin todos vamos a morir de viejos.
A Juan X, que ahora anda en camioneta a todo lado, le dan miedo las calles por las que antes transitaba cuando era un flaco y pelucón universitario. Siente que parte de su juventud fue un desperdicio, pero que ahora todo está en su lugar y que todo lo que tiene se lo merece porque se ha matado trabajando para salir adelante. Y cree firmemente que los revoltosos, esos campesinos, solo aprenderán con palo y con bala. Y que todo lo hacen porque envidian que él si puede darse el lujo de vivir entre hoteles, clubs, pubs y discotecas “solo para socios”, en un pueblo donde la pobreza, la desnutrición infantil y el analfabetismo campean.
El otro día Juan X se encontró con una protesta universitaria en contra de los nuevos abusos de la mina, y su hijo le preguntó: ¿por qué están gritando esos señores? Y Juan X le respondió: no lo vas a entender, es muy complicado. Pero para sus adentros, Juan X sabe que todo es muy simple, y siente un poco de nostalgia.
Por supuesto que los verdaderos directivos y funcionarios de la mina, los socios mayoritarios, ven a todos los Juan X como simples piezas intercambiables.
Y Cajamarca se va quedando sin agua
By A. Ele on 4:00 p.m.
Mientras las horas de racionamiento del servicio de agua potable en Cajamarca aumentan con los días, unidades cisternas de la Municipalidad recorren los barrios más afectador para abastecer a las familias. Hay sectores que no tienen agua desde hace tres días.
¿Y por qué ocurre esto? SEDACAJ solo se limita a emitir el mismo comunicado desde hace un año, echándole la culpa a los que riegan jardines.

¿Y por qué ocurre esto? SEDACAJ solo se limita a emitir el mismo comunicado desde hace un año, echándole la culpa a los que riegan jardines.
Señora Keiko Fujimori, ya retire su publicidad de Cajamarca
By A. Ele on 4:25 p.m.
Señora lideresa de la oposición, Keiko Fujimori, por favor retire la publicidad que le hizo su congresista Joaquín Ramírez. Ha pintado de naranja todas las provincias de Cajamarca. OJO que el plazo para retirar la publicidad ya se cumplió. Gracias
Nacidos para tener miedo del Miedo
By A. Ele on 11:07 p.m.
Los dueños del poder necesitan que tengamos miedo para emascularnos a todo color en un contrato público. El miedo nos paraliza. El miedo es la razón de nuestras ropas, antes pieles, antes pelaje. El miedo es la punta de nuestras armas, cada vez más letales.
El miedo es lo cada mandatario anhela. El miedo es lo que los empresarios difunden a través de la prensa. El miedo es el mejor aliado de la estupidez, su combustible favorito.
El miedo a verse mal es la Biblia de la moda. El miedo a ser un monstruo es la delicia de los cirujanos de Azángaro y los proveedores de aceite de avión. El miedo a tener un miembro pequeño es la génesis de los psicólogos.
Todo miedo o terror viene mayoritariamente de los noticieros y va hacia ellos, de frente o transmitidos por incesantes cortinas de humo.
El miedo es el eje motor de la humanidad. Los miedos pueden más que las certezas y las estrenadas valentías. Los temores a no encajar son más fuertes que la identidad. Y si no fuese por los miedos, hasta podríamos ser mejores personas.
El miedo debe ser inoculado como vacunas infantiles, en pequeñas dosis, para acostumbrarnos progresivamente. Debemos temerle a las arañas, a los ruidos, al profesor, al director, a los compañeros, a los padres, a las madres, a no tener la cuota mensual, a apellidarse diferente, a no tener zapatillas nuevas, a no poder hablar en público, a no responder el clase de matemática o geografía. Miedo a tener un rojo en la libreta, un once en la palmeta, un año repetido en la reputación. Miedo al futuro inmediato.
Miedo a no ser querido, miedo a ser rechazado por la mujer más linda y la más fea, miedo a ser deformes en la adolescencia, al acné, a la soledad de un libro. Miedo al alcohol y al tabaco, miedo a no encajar en la tribu, a tener mal aliento, a perder el cabello prematuramente, a no ser popular, a perder la razón.
Miedo a no encontrar trabajo, miedo a perder el trabajo. Miedo a comprometerse, miedo a luchar en vano, miedo a la impotencia, miedo a la rebeldía, miedo a los hijos.
Miedo de los que son igual a mí, miedo de la inseguridad ciudadana, miedo de la Bolsa de Valores, de los outsider, del cambio y el reclamo justo, de la igualdad, de la libertad, de la panza, de los triglicéridos, de la pensión y los recibos.
Miedo de que los hijos vayan por el camino incorrecto, miedo de que la mujer con la que uno se casa termine odiándonos a muerte por su propia vejez, miedo de a atravesar otra crisis de edad, miedo de perder las pocas concesiones que le robamos a la criollada, miedo de dejar de ser un derechista o izquierdista asolapado, miedo de los secuestros al paso, miedo de que tu barrio no tenga rejas, miedo de esos comunistas que quieren igualdad, miedo de los caviares, miedo de las ONGs, etc.
Miedo a la muerte, miedo a perder la herencia, miedo a la calavera, miedo de todos los Velascos y Morales Bermúdez, miedo de Dios y del Diablo, miedo a la última soledad, miedo al más allá y a la reencarnación animal, miedo de que nuestros nietos nazcan con nuestros mismos miedos.
Miedo del miedo, porque sin el miedo correríamos el terrible riesgo de ser nosotros mismos: seres humanos.
Suicidio, como tragedia y ¿derecho?
By A. Ele on 4:58 p.m.
Una frustrada suicida ingresa a una sala de emergencias. Sus amigos la trasladan en una estrecha camilla. La conducen a través de esos muros blancos de los lamentos. Es una mujer de unos treinta y tantos, trigueña y semiinconsciente, que respira con una ronquera espantosa.Entrada la noche, llega un familiar. La madre. Un ser delgado e inmutable, con un gesto de tristeza apenas cosido al rostro.
Nos enteramos, luego, que dicha paciente tiene ya tres intentos de suicidio en su historial, y todos con el mismo supuesto motivo: decepción amorosa. En esta oportunidad, también se la salvó gracias al lavado gástrico que la desintoxicó de las 60 pastillas que había tomado como pasaje definitivo hacia la otra orilla.
En el rostro de la madre había un cansancio ecuménico; religioso, por decir lo menos. La gente se preguntaba si esa mujer, esa familia, esos seres humanos, habían perdido la batalla y se habían resignados a esperar que “esta vez” -por fin- el despido fuese definitivo.
¿Quién puede indagar en las entrañas del ángel?
Reacomodando las conceptualizaciones, ¿no es acaso el suicido nuestro único derecho racional, incluso más allá de lo que planteen las concepciones cristianas sobre la vida?
En el 2005, consultamos vía e-mail con el polígrafo Marco Aurelio Denegri, a propósito de una novedosa versión sobre el deceso del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, publicada en la colección “Grandes Figuras de la Humanidad”, pág. 200, que decía: “el diagnóstico escrito del médico que lo asistió, el doctor Moran, atribuía el deceso [de Poe] a una congestión cerebral causada por el agotamiento y el frío. La verdadera causa de su muerte fue la miseria”.
La respuesta del reconocido polígrafo fue: “De mi consideración: Que uno muera de miseria o de borrachera es lo secundario. Lo primario es el proceso autodestructivo, que en Poe es clarísimo. Se ha dicho –y con razón– que la mayoría de los hombres no muere, sino que se mata. Es cierto”.
Todos los hombres nos matamos. De a pocos, en pequeñas dosis. Concientes de ese criterio de oscuridad al que acudimos cada día de supervivencia entre la rutina y el deseo, entre las decisiones postergadas de ser feliz y la realidad de clavos sobre la que hay que dormir como faquires, entre el anuncio publicitario del Paraíso y la reyerta vallejiana de los húmeros.
Al no ser felices, al no buscar ser felices, al no lograr ser felices, caminamos por el patíbulo en cámara lenta.
El 19 de abril 1999, los adolescentes Eric Harris y Dylan Klebold se suicidaron tras asesinar a trece personas (doce alumnos y un profesor) en Columbine High School, EE.UU.
Muchos señalaron a la banda de rock Marilyn Manson como instigadora mediática de un sentimiento criminal y suicidad en los adolescentes norteamericanos. Michael Moore, en su documental “Bowling for Columbine”, habló con el líder de la banda, y le preguntó: ¿Si pudieras hablar con los chicos de Columbine qué les dirías? La respuesta del músico fue: “No les diría una sola palabra. Escucharía lo que ellos tienen que decirme. Eso es lo que no ha hecho nadie”.
¿Qué es el suicido? ¿Acaso la única respuesta al silencio de todas las soledades? ¿La respuesta al eco?
En 1998, el español Ramón Sampedro se liberó de su tetraplegia de casi tres décadas tomando cianuro potásico diluido en agua a través un sorbete. Antes intentó pedirle el derecho de su muerte al Estado, pero éste se lo negó. Al final, una amiga lo ayudó a preparar la bebida. La muerte de Ramón inspiró la película ganadora del Oscar, “Mar adentro”.
¿A quién le pertenece la vida? ¿Al Estado, a la Sociedad o a Dios? A veces, el Poder Judicial no nos da la solución, pero no estira la soga con nudo por debajo de la mesa.
La mujer del pasillo de emergencias nos recuerda de algún modo al personaje Delia; y su familia, a los Mañara, del cuento Circe de Julio Cortazar: “Oía jadear a los Mañara, le dieron lástima por tantas cosas, por Delia misma, por dejársela otra vez y viva. Igual que Héctor y Rolo se iba y se las dejaba. Tuvo mucha lástima de los Mañara que habían estado ahí agazapados y esperando que él —por fin alguno— hiciera callar a Delia que lloraba, hiciera cesar por fin el llanto de Delia”.
Perú Chicha
By A. Ele on 4:52 p.m.
El Perú es una valla alta que la mayoría prefiere pasar por debajo y sin usar garrocha. Y esa valla no es más que un tibio sentido común que pecha por hacerse luz en medio de tanta niebla.
Somos un país creativo para todo. Saboréese un frito con ceviche con su Inca Kola. Para todo, cierto, menos para pasar dicha valla por encima. El truco, el chiste de siempre, consiste en jugársela por debajo, como ya se dijo. Utilizando todo el potencial evolutivo posible, o sea la sobreestimada y ya legalizada ‘criollada’. Y obvio que esa criollada es chicha: los incautos y víctimas de la criollada son chicha, el Perú es -y a más no poder- chicha, y la política por definición es chicha, usted es chicha, somos chicha.
Entonces, asalta una inquietud sociológica resumida en el dilema más cotidiano de los que temen dar EL Mal Paso: ¿Lo chicha puede ser huachafo? La respuesta refresca los humores erizados: no necesariamente, y sí potencialmente. Y es que la respuesta descansa en nuestras manos, o en su defecto, en nuestras narices. Mirar la pajilla en el ojo ajeno y no el eucalipto en el propio.
Lo chicha, más que un exotismo social, un género musical, una bebida, es una filosofía de vida, un símil del universo, una religión tropical, una maestría en psicodelia urbana. En resumen, el arte de ser uno mismo y a la vez nadie. Porque nada es más socialista que lo chicha. Nada más imparcial que lo que no tiene género. Chicha eres, chicha serás.
Abordando algunas referencias académicas sobre el tema se podría entender el fenómeno Chicha como una “expresión resultante de la fusión cultural de la sierra y la costa, y de su peculiar adaptación en el proceso migratorio” (no buscar reseñas, no las vais a encontrar), lo que significaría que las polladas –señorita Laura- son iconos tangibles y olorosos de ese fenómeno.
Un hombre al borde de la esquizofrenia social cruza frente a una pared llena de afiches coloridos y superpuestos que anuncian conciertos en la Carretera central ¡este domingo, domingo! Además, una combi lo ha eructado media cuadra antes de su paradero -pie derecho, pie derecho-, un tipo le ha ofrecido unos lentes Ray-Ban originales a diez soles nomás. Al hombre le late una arteria en el ojo como avisando que va a llover; pero NO. Resulta ser una premonición más compleja, algo que se aproxima desafiante entre las calles parchadas: un tico con una inmensa oreja kepí en su endeble parilla, perifoneo urbano a todo volumen y volantes monocromáticos cayendo sobre el asfalto: “¡Atención! Acalde hará entrega de carrito sanguchero a damnificados que lo perdieron todo”. Una portátil aullará a favor del burgomaestre chicha.
La política es chicha porque es una farsa colorida de los espeso y gris que es nuestro país en realidad.
El periodismo es chicha porque nace de la improvisación y del clientelaje que pueda captar.
El que escribe esto es chicha.
O como diría alguien de buen gusto y criterio militante: “Chicha son los antropólogos que definieron el calificativo chicha. Chicha es lo solemnemente huachafo, lo exagerado, lo kitsch. La estética andina está bien: la estética chicha da calambre al ojo. La cultura chicha no es una fusión entre lo urbano y lo andino, pues una fusión es armónica y lo chicha es un choque violento. Lo chicha es el resultado de ese choque de culturas, el hijo sociológico de las migraciones que no tuvo tiempo de formarse bien”.
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